Hubo una causa de tipo económico
para la emancipación y otra de puro y simple descontento, con aspiración
autonomista. A pesar de que los Borbones hicieron lo posible para cambiar en
América cuanto hacía referencia al tráfico marítimo,
y tomaron medidas liberales para evitar el contrabando, en realidad no se decapitó
el monopolio. Tampoco se permitió el intercambio con otras potencias.
Las reformas apenas autorizaron el comercio directo entre América y los
doce principales puertos españoles. Por lo que se refiere al Alto
Perú - hoy Bolivia -, sus minerales salieron por Buenos Aires,
vía Río de la Plata. Mas todos querían comercio
libre, como un lema de lucha de la hora. De Europa llegaba un aliento
indirecto que provocaba la rivalidad franco - británica.
Hasta que, en 1805, como si quisiera saludar al siglo XIX, apareció en
La Paz Pedro Domingo Murillo empapelando los muros de las casas
con pasquines revolucionados. Esta muestra incipiente de periodismo político
alertó a los españoles, que detuvieron a Murillo y lo dejaron
luego en libertad. Había aparecido la garra de la revolución.
En Charcas actuaban en conexión la Universidad y el Foro. Acaso
se hubieran desplazado a otros centros hombres ilustres de ideas libertarias.
La famosa Universidad tenía que rendir su tributo de preparación
y de cultura. Sin cultura no hay libertad. La Universidad había dado
su aportación.
La intriga de Goyeneche, falso en sus intenciones, jugando a tres canas
diferentes; enviado de la Junta de Sevilla, conviviente con José
I y partidario de Doña Carlota, despejó los ánimos
y los decidió. Aliados los doctores de la Universidad con los oidores
de Charcas, se pusieron frente al presidente de la Audiencia, García
Pizarro, y el arzobispo, Benito María Moxó y Francolí.
El Tribunal de Charcas se puso de parte de Fernando VII. De estas disensiones
había de salir la Independencia. Comenzó el desorden, que obligó
al presidente a detener a los hermanos Zudáñez, cabecillas
de la masa. Tronó la fusilería presidencial, el pueblo se enfureció,
y al grito de "Viva Fernando VII!", apresó a García
Pizarro. Alvarez de Arenales, español, subdelegado de Yamparáez,
tomó el mando de las tropas para imponer el orden. Todos habían
caído en el lazo de los Zudáñez. Defendiendo al
rey legítimo se levantó el pueblo, apoyado por los mismos españoles.
Era el crepúsculo del 25 de mayo de 1809, día precursor de la
Independencia. La Academia Carolina había puesto en juego su talento
liberador con patriotas de todas las latitudes del Virreinato; Mariano Moreno,
que fue secretario de la Junta Revolucionaria en Buenos Aires el año
1810, Monteagudo, Agrelo, Paso y Castefli. El grupo mismo del
25 de mayo se hallaba capitaneado por Paredes, Michel, Alcérreca,
Mercado, Monteagudo y Lemoíne. Luego, éstos se dispersaron
para mantener la consigna; Monteagudo a Potosí, Alcérreca
y Pulido a Cochabamba, Lemoine a Santa Cruz.
La revolución del 16 de Julio de 1809:
El papelista de 1805, aquel que pegaba pasquines en los muros, se levantó
con decisión y franqueza frente a poder español, rodeado de un
brillante conjunto de hombres que luego conocieron el martirio.
Invocase la defensa de Fernando VII, como siempre, dejando para después
el barrerlo definitivamente. Los conjurados de La Paz, dirigidos por
Pedro Domingo Murillo, Victorio y Gregorio Lanza, Juan Basilio Catacora,
el cura José Antonio Medina Juan Pedro de Indaburo y otros, dieron
el golpe de mano y depusieron a las autoridades, llamaron a Cabildo Abierto
y organizaron la histórica Junta Tuitiva (16 de julio de 1809).
Pedro Domingo Murillo fue nombrado jefe de las fuerzas, e Indaburo
su segundo. Fueron depuestos de sus altos cargos el gobernador Tadeo Dávila
y el obispo Remigio de la Santa y Ortega. El documento fundamental de
la insurrección americana lo constituye el Manifiesto de la Junta
Tuitiva, cuyos principales conceptos son:
Hasta aquí hemos tolerado
una especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria; hemos visto con
indiferencia por más de tres siglos sometida nuestra primitiva libertad
al despotismo Y tiranía de un usurpador injusto que, degradándonos
de la especie humana nos ha reputado por salvajes... Ya es tiempo, en fin,
de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas colonias, adquiridas
sin el menor título y conservadas con la mayor injusticia y tiranía.
¿valerosos habitantes de La Paz y de todo el Imperio del Perú,
revelad vuestros proyectos para la ejecución; aprovechaos de las circunstancias
en que estamos; no miréis con desdén la felicidad de nuestro
suelo, ni perdáis jamás de vista la unión que debe reinar
entre todos para ser en adelante tan felices como desgraciados hasta el presente!
Goyeneche no amenguó sus
ímpetus y persiguió esa revolución hasta aniquilar a sus
cabecillas. Murillo fue hecho prisionero en Zongo y condenado
a muerte, juntamente con Basilio Catacora, Buenaventura Bueno, Melchor Jiménez,
Mariano Graneros, Juan Antonio Figueroa, Apolinar Jaén, Gregorio Lanza
y Juan Bautista Sagámaga, protomártires de la Independencia.
Murillo, antes de entregarse en holocausto a la horca, repitió
gallardamente: "La tea que dejo encendida nadie la podrá apagar".
Después, Goyeneche volvió al Perú, con el
título de "pacificador".
La logia revolucionaria de la Universidad
de Charcas siguió actuando, y pronto se produjo el estallido del
25 de mayo de 1810 en Buenos Aires, al que siguieron el del 14 de septiembre
en Cochabamba, que nombró como jefe supremo a Francisco del
Ribero; el del 24 del mismo mes en Santa Cruz de la Sierra, que envió
al canónigo José Manuel Seoane como diputado a la Junta
de Buenos Aires; el del 10 de noviembre en Potosí, que reconoció
también a la Junta bonaerense.
La guerra tomó mayores proporciones y operó en un territorio casi
ilimitado por lo extenso. Se estableció la mancomunidad de ideales, y
así pronto se movieron los ejércitos auxiliares argentinos que,
en número de cuatro, llegaron a los yermos del Alto Perú.
Surgieron los caudillos mestizos y criollos con actos de admirable denuedo y
sacrificio, derrochando heroísmo e ingenio en las llamadas guerras de
guerrillas; en Ayopaya, José Miguel Lanza; en la Laguna, Manuel
Asencio Padilla, secundado por su esposa, la heroína Juana Azurduy
de Padilla, Tenienta coronela de la Independencia; en Tarija, Eustaquio
Méndez, alias El Moto, y Ramón Rojas; en Cinti,
José Ignacio Zárate; en Larecaja y 0masuyos, el cura José
Idelfonso de las Muñecas; en Inquisivi y Tapacarí, Eusebio Lira;
en Santa Cruz, Ignacio Warnes; en Talina, José María Pérez
de Urdininea. De 102 caudillos, apenas nueve alcanzaron la Independencia
en 1825.
Quince años duró esa guerra de emancipación, llena de heroísmo
y de calidad viril. Pero, al cabo de la misma, Bolivia acusó el fenómeno
del connubio realizado entre las razas de Iberia y el Alto Perú.
Nada de lo pasado puede ser ofensivo. Con un arma absorbida al colonizador español,
su idioma, hemos incorporado nuestros pueblos a la cultura viva del Occidente.
Y así marchamos hacia el futuro.
La batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, puso fin al poderío
español en Hispanoamérica. Las ciudades hoy Bolivianas,
levantándose una por una, cerraron con broche de oro, en la batalla de
Tumusla, el 3 de abril de 1825, su total liberación. No quedó
ya sino la tarea de constituir un Estado autónomo.
Arriba
Siguiente página
Hecho en La Paz - Bolivia por
®Khainata
URL: www.viva-bolivia.com